Encuentros con hombres notables pdf

Hace setecientos años un hombre conquistó casi toda la tierra, fue señor de la mitad del mundo conocido e infundió a la humanidad un miedo que duró varias generaciones. Distintos fueron los nombres que tuvo en el curso de encuentros con hombres notables pdf vida. Poderoso asesino, Azote de Dios, Perfecto guerrero, Señor de tronos y coronas—.

Pero más conocido es por el de Genghis Khan. A diferencia de la mayoría de los dominadores de hombres, mereció todos sus títulos. Cuando cabalgaba al frente de su horda, no se contaban sus marchas por millas, sino por grados de longitud y latitud. A su paso las ciudades quedaban con frecuencia arrasadas, los ríos eran desviados de su cauce, los desiertos, veíanse visitados por la persecución y la muerte.

Y cuando Genghis Khan había pasado, los lobos y los cuervos eran los únicos moradores de las antes populosas tierras. Genghis Khan – Harold Lamb. Actualmente, nos es familiar la historia de los grandes guerreros, que empieza con Alejandro de Macedonia, continúa con los Césares, y termina con Napoleón. Pero Genghis Khan fue un conquistador de talla más gigantesca aún que los conocidos actores de la escena europea.

Es, en verdad, difícil medirlo con el rasero ordinario. Esta destrucción de vidas humanas, ofusca la imaginación moderna, no obstante las escenas de la guerra europea. Genghis Khan, caudillo nómada que apareció en el desierto de Gobi, hizo la guerra a los pueblos civilizados de la tierra y salió victorioso. Retrocedamos al siglo XIII, y veamos lo que esto significa. Encontramos entonces a los mahometanos, convencidos de que semejantes acontecimientos en las cosas terrenas sólo eran posibles por intermedio de una fuerza sobrenatural. Jamás, dice un cronista, se encontró el Islam en caso semejante dividido por las incursiones de nazarenos y mongoles».

Un hombre más sereno, Federico II de Alemania, escribía a Enrique III de Inglaterra que los tártaros no podían menos de ser el castigo enviado por Dios a la cristiandad, para penitencia de sus pecados, y ellos mismos eran los descendientes de las diez tribus errantes de Israel, que habiendo adorado el becerro de oro, fueron arrojarlas por su idolatría a los desiertos del Asia. El honorable Roger Bacon expresó su creencia para recoger la postrera terrible cosecha. Esta creencia fue robustecida por una curiosa profecía, erróneamente atribuida a San Jerónimo, según la cual, en los días del Anticristo, una raza de turcos, corrompida y sucia y que no consumía ni sal, ni vino, ni trigo, vendría de las tierras de Gog y Magog, más allá de las montañas del Asia, para causar un desastre universal. Así vemos que el Papa convoca el Concilio de Lyon, en parte, para idear el medio de detener la ola mongólica. El animoso y venerable Juan de Plano Carpini, fraile minorista, fue enviado como legado apostólico, a los mongoles: «porque tememos que el más próximo e inminente peligro para la Iglesia se alza allí». Y las preces se elevaron en las iglesias para librar a la humanidad del furor de los mongoles.